Exclusión social en el discurso institucional

Dice la mitología judía, a través del Génesis, que hubo un tiempo donde en toda la Tierra se hablaba una misma lengua y se expresaba de la misma forma. Los grupos humanos emigraron desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: «Hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego». De esta forma emplearon ladrillos en lugar de piedras y betún en lugar de argamasa; y dijeron: «Construyamos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta lo más alto del cielo. De esta forma, seremos famosos y no andemos más dispersos sobre la faz de la Tierra». Pero Dios descendió para observar la ciudad y la torre que los seres humanos estaban construyendo y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua; siendo este el principio de sus empresas, nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros». Génesis 11:1-9

Mas allá de la leyenda, no sólo nos esparcimos por diferentes horizontes creando diversidad cultural, social, étnica y lingüística, sino también comenzamos a aprender sobre el poder y el valor que ejerce el vehículo lingüístico como potente herramienta vulneralizadora del colectivo oprimido dentro de las estructuras socioculturales, políticas y económicas. En la actualidad, esta dinámica ha ido cobrando mayor fuerza, volviéndose cada vez más recurrente en el lenguaje cotidiano, y esto a medida que el discurso sea requerido por los intereses globales y establecidos. Es en esta medida, nos podemos encontrar con una forma de alienación determinada por medio de la comunicación y las posiciones de poder, la cual invisibiliza al vulnerable en su libertad de expresión, anteponiendo el juego del capital socio-cultural lingüístico al sentido real de la comunicación. En este sentido, sucede lo mismo con el doble discurso usado para justificar ese tipo de uso del lenguaje como un hábito propio de un sistema que más que desvalorizar, dice busca proteger y reeducar. Pero sin embargo, este discurso más que dinamizar participación e integración , se concibe como una práctica social que no se limita a reflejar la realidad, sino a reconstruirla , distorsionarla y legitimarla según los propósitos de un sistema dominante.

Es muy probable que estas interacciones lingüísticas y  de producción discursiva, del tipo descritas anteriormente, estén también inoculados soterradamente dentro las instituciones administrativas y gubernamentales, en  sus propios protocolos de actuación dentro de un marco de intercambio entre valores de comunicación e información, que más que establecer valores igualitarios, parece que  estableciera patrones de desigualdad, que llevan paralelamente a procesos de dominación y censura estructural de unos discursos sobre otros.

Sin embargo, desde las instituciones, esto muchas veces no se percibe así, sino se asumen como reglamentos que se rigen a su propia estructura de funcionamiento y son trasmitidos por protocolos funcionales. En este sentido, se asume que estos organismos administrativos del Estado, cumplen un papel central en la determinación del acceso a la oferta pública que se ofrece, y tienen que seguir esos protocolos.

Para ir deshilachando, este tema, es importante prestar atención a la interacción entre la gente que requiere los servicios sociales o sanitarios y los representantes administrativos. Como encontramos en los diversos casos dentro del colectivo inmigrante, donde se ha podido recoger esta percepción subjetiva de violencia verbal vivenciada. Lo cual ha generado a los estudiosos de las ciencias sociales y el lenguaje, un interés genuino para poder reconocer los factores que existen entre la percepción asumida y hechos reales de violencia verbal, para luego poder intervenir en la recomendación efectiva de cambios que generen mejor relación entre el colectivo receptor de servicio (en este caso inmigrantes) y la administración pública.

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